Aquí está mi pecho abierto
sin miedos, sin temores, sin caretas,
solo mi pecho desnudo,
y así te lo ofrezco,
aún si me hirieras de muerte
aún si atravesara mi piel tu llanto ensangrentado
porque conozco los límites de tus sonrisas
y tus alegrías
y confío, aún sin saber nada del mañana,
que mi pecho y el tuyo son uno,
y seguirán su unidad.

Sé tambien que cuando estás en alturas soñando
ansías tanto como yo volver a lo forjado por ambos
lo imperecedero y esperanzador que ha nacido
como nuestro fruto predilecto
aquello que devoramos luego de la espera de un día,
o de una semana, y que pronto será un poco más,
y sin embargo la espera y el tiempo, la certeza de necesitarnos así
de esta forma metafísica, cautivadora
será como lluvia que riega los campos
y llegará para reencontrarnos, unirnos de nuevo,
sellar con diez mil nuevos ósculos
nuestros corazones prometidos a la eternidad. 
Más allá de las costumbres
de los modos
de los vestidos

Más allá de los límites
de los colores
de los deberes

El sonido de mi silencio
retumbando en tu recuerdo

El aroma de tu ausencia
que me hace desearte

Más allá de todo,
y de todos.
Tus besos saben a libertad.
Tus manos
son refugio

nido a pesares
de ave herida
que sana

refugio son
tus manos

libertad para el oprimido
justicia para el débil

Tus manos
son mi refugio

mi lugar secreto
donde puedo

renacer
resoñar
repensar

Como templo
del frágil
como campanas
redentoras

Como valentía.

Dame una sonrisa y moveré el mundo.

Revivo en cada suspiro
en cada latido desencadenado
por recordarte
y saber que mañana
estarás ahí de nuevo

Escribo:

Todo tiene sentido.

Se me acabó el tabaco,
y la amargura,
y es extraño
porque
no recordaba
como sabían las sonrisas sinceras
ni las taquicardias compartidas
ni las conversaciones de tus pupilas
y las mías.

“Cuando me siento el mejor como hoy, veo la luz y pienso; ¡Uff! ¡Vaya cruz que llevas tú!…

De pie frente a la horca.
Público ansioso,
tiembla.

Mi piel morena respira por vez última.

El moro,
el condenado,
el paria.

El destino escribió mi final
con tinta carmesí.
Elevo la vista hacia el cielo,
y ahi está ella.
Esperándome.

¿Tan rápido olvidaste tus sueños

que incluso olvidaste quién eres?

  En la cima de una colina, en un lugar muy bello y apacible, había un gran árbol, que ofrecía sus frutos a viajeros, aves y a quien quisiera. Cierto día, llegó a vivir a la colina una familia, una pareja y sus dos hijos. A la familia le gustaba mucho el árbol, tanto así, que fue acabando rápidamente con sus frutos, sin preocuparse por él, ni mucho menos cuidandolo. El árbol no dudaba en entregar lo que naturalmente podía, sin embargo, la familia solo quería sus frutos, y le exigía más, diciéndole que era un mal árbol, porque no daba los frutos que ellos querían. El árbol poco a poco fue muriendo, secandose y pudriendose. Él no entendía qué hacía mal, y la familia insistía; pero un día la familia llegó a odiarlo. Los niños y la pareja fueron por él. El árbol seco, casi sin hojas, y débil fue masacrado por la familia, que con hachas lo redujo a la peor leña que pudiera imaginarse. La familia era feliz así, pensando que el árbol era un mal árbol, que debía hacerlos felices con sus frutos, y que si no lo lograba, entonces no debía seguir existiendo.

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