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Hoy tuve la oportunidad de disfrutar de una obra maestra del cine, la película “Se7en” (traducida al español como “Los siete pecados capitales”), película de David Fincher de 1995, protagonizada por Brad Pitt, Morgan Freeman y el talentosísimo actor Kevin Spacey (quien de paso reciba toda mi admiración, ya que ha aparecido en otras películas como “The Usual Suspects” y “American Beauty”). Esta película sin duda me ha dejado en shock, pero en un shock agradable, de esos que te hacen reflexionar respecto a lo que sucede a nuestro alrededor nuestro, a nuestra vida en sociedad, y es que no es para menos si se trata de una historia tan bien articulada y con una trama tejida con tal precisión que incluso a la mente más brillante no dejaría de asombrar.

Usando como argumento un tema que ha trascendido a lo largo de la historia, como son los siete pecados capitales, el asesino John Doe (caracterizado por Kevin Spacey) organiza un plan maestro para adoctrinar a la sociedad de consumo de los años ’90, sumida en un sistema opresor, idiotizante, y concentrada en lo banal en demasía, para “darles con un mazo” (como asegura John Doe en la propia película) y despertarlos acerca de lo que sus vidas realmente significan, algo así como un mesías moderno que viene a romper paradigmas y concientizar.

Sin embargo, y para no entrar en tanto detalle sobre la película, quisiera precisar en un punto que me parece fundamental; y es observar como el ser humano, en este caso el asesino, pretende ser juez y parte de lo que para él es injusto. Recurriendo a la religión, o mejor dicho, a una creencia distorsionada de una visión cristiana de la vida, el ser humano en términos generales ha matado, torturado y juzgado según lo que para él es correcto, lo que para él es “bueno” o “malo”. Sin ir más lejos, históricamente tenemos el caso de la inquisición, el holocausto judío, o un ejemplo más cotidiano, el racismo. Y es que aunque varían en intensidad todos aquellos juicios sobre lo bueno o lo malo, o lo correcto o incorrecto para una sociedad, todos poseen un ingrediente común; el anhelo de ser juez y parte, ostentar la capacidad de juzgar en desmedro de otro sin considerarnos a nosotros mismos y lo que es peor, aprovechándonos del poder que podamos ostentar en determinados casos para hacer lo que “creemos” justo. Caso similar observo hoy en día en parte de la comunidad evangélica, que a pesar de que merece todo mi respeto, abunda en ejemplos de personas legalistas que más que construir y contribuir en el correcto desarrollo del ser humano (para su dogma) termina finalmente juzgando por cosas triviales, como el largo del cabello, la ropa, etc., sin ir a lo esencial de cada caso y obviando, además, el correcto proceder de un creyente del cristianismo en cuanto a predicar su doctrina, es decir, una total contradicción.

Es necesario que de una vez por todas podamos ser conscientes de que es imposible ser juez y parte de cualquier proceso, algo que es imprescindible para el derecho; imparcialidad e independencia para poder juzgar en forma correcta cuando se necesita; un principio que debe ser asimilado para un correcto desarrollo social si es que no deseamos pervertir y/o destruirnos como día a día lo hacemos. Al mismo tiempo, y por qué no, ser capaces de reconocer las manchas de nuestro vestido, poder ver en cada uno su pecado capital sin necesidad de asesinos redentores que usurpan y usan nombre de Dios para matar sin piedad.

Que confuso, angustiante y decepcionante es a veces reflexionar acerca de la fugacidad y fragilidad de lo que nos rodea.

A lo largo de la historia el ser humano ha luchado contra la muerte, su destino, los problemas que lo rodean a lo largo de su vida y sus propios sentimientos, y naturalmente, es algo que nos afecta a todos como individuos a lo largo de la vida. Desde tiempos inmemoriables se ha escrito al respecto, se ha dejado testimonio de distintas formas, lenguajes y maneras en cada tribu, civilización o nación, ya sea mediante sus chamanes, curanderos, escribas, o grandes pensadores, pero al final siempre se llega al mismo punto, el ser humano es frágil, vulnerable y comprometido totalmente con sus propios sentimientos respecto a su realidad, y sobre todo frente al porvenir.

He aquí el punto importante al respecto, el hombre debe lidiar con un futuro totalmente inexplorado e inquietante, no sabemos que pasará el día de mañana, ni siquiera si estaremos vivos, y frente a esto el miedo naturalmente nos invade si estamos lo suficientemente conscientes al respecto, es lo más sensato. Algunos recurren a la religión, otros a una vida desenfrenada y fugaz, otros más drásticos al suicidio, pero de todas formas es indiscutible la muerte, la única certeza que nos acompaña desde el momento de nacer hasta que llega la hora final, pero también en cierto punto la vida del hombre recibe ciertas luces o pistas sobre como debe comportarse o quizás cambiar de rumbo. Esto me recuerda mucho a ciertas palabras de Hernán Rivera Letelier (escritor chileno) sobre el actual presidente de la república de Chile Sebastián Piñera, quien frente a las múltiples circunstancias acontecidas en tal país, no reacciona de forma adecuada y sensata en cuanto a tratarse del máximo mandatario nacional, ya que esperaríamos respuestas inmediatas y en favor de las mayorías disconformes, (aquí el artículo al respecto si es que logran relacionarlo con las ideas anteriormente expuestas tal como lo hice yo: http://www.cooperativa.cl/hernan-rivera-letelier-compara-al-presidente-pinera-con-el-huaso-contreras-/prontus_nots/2011-08-29/131109.html ).

¿Acaso no nos pasa esto a todos en algún momento de nuestras vidas? Pistas, señales de que debemos cambiar el enfoque de nuestra perspectiva, tal como me lo enseñara mi maestro de literatura, don Luis Elmes Araya, profesor del Instituto Nacional Gral. José Miguel Carrera, perspectivismo; alejarse de la inmensidad de las cosas que se nos presentan para poder asumir de manera crítica y racional una solución posible, que considere aquellas cosas que a veces se nos escapan de la vista. Perspectivismo, a veces un paso elemental para aprovechar lo que podría ser nuestra última oportunidad antes de marchar a otra vida, si es que estamos de acuerdo en que la hay.

Negarse a la realidad es cobardía, abstraerse de lo concreto puede ser válido, pero no aconsejable. Si con tal de sonreir algunos prefieren taparse los ojos, yo prefiero mirar impávido el asesinato de la bondad, o lo que venga; solo de esa manera se puede tener conciencia, observando sin miedo para poder soñar con propiedad.

Quizás un día ha de salir el sol en este invierno subterráneo, en esta torre de penumbra y engaño, donde las sombras se alargan y las lágrimas brillan por su ausencia.

Y cuando ví esas hojas secas en la tierra… mi espíritu se conmovió; como si fuera un niño nuevamente sorprendido por la estación más bella y poética del año: El Otoño.

¡Cómo, cómo!
¡Dime como habría de quitarte tu alegría, compañero!

Afortunado enemigo,
tan afortunado, tan,
no podría arrebatarte la ambrosía
que bebes de esos labios dorados.

Y te dedico estas palabras,
un tanto amargas, pero que pretendo
sean perennes, (pues me retiro)
y mis congratulaciones sinceras,
para que nunca pierdas tu privilegio.

Es cierto,
que quise robarte,
hurtar.

Pero me retiro, no sin verguenza,
y digo:
“Disfruta, compañero,
y se prudente. Que la vida es cruel.”

Me retiro.

Atesoro ese único momento, con la esperanza inexplicable de poder darle vida de nuevo.

Y ese momento, es cuando el tiempo se paró por única vez en mi vida.

Corría mi sangre tibia y joven, y enamorado comprendí el peso del mayor regalo que nos ha dejado el Creador; el amor mismo.

Y ahora a las 3:12 de la madrugada; recuerdo ese latido como el más especial de todos… Y a pesar de que la historia acabó en forma desastroza, es de mis mayores tesoros. Porque en ese momento, se forjó mi corazón; entre suave seda primero, y luego sobre hierro. Cuando el proceso acabó, comencé a vivir.

Hablando con un amigo sobre esto de las novias, expuse algunas de las cosas que pienso. Pero lo vivido, ¿cómo poder mostrarlo? Lo más cercano son las palabras claro, y si tuviera que resumir lo que es amar, las palabras servicio y sacrificio se me vienen de inmediato a la mente. No tan solo en el caso de amar a una pareja, sino válido además para el amar como una actitud y forma de entrega para con cualquiera.

Si lees esto, incógnito amigo, solo me resta decirte que el amor es un fuego que pocos pueden sostener en sus manos tal como es realmente; y en los tiempos de hoy lamentablemente se han confundido tanto las cosas, que es deprimente el actuar de las personas, y como confunden el amor y lo degradan.

A pesar de todo, escuchate a ti mismo, y no te engañes…  Se auténtico sobre todo, y vive con sinceridad, lo que conquistarás será mucho más que la compañía de alguien, disfruta cada aliento de vida;  (dulce o amargo) es la sazón del día a día, (no lo menosprecies) pero si realmente quieres la respuesta a todo lo que viene pasando(te); Dios aún espera charlar contigo.

No siempre ganan mis latidos; -como hoy- que en un vaso de leche me he resignado a continuar como estoy; he ahogado una tontería, he ahogado al amor mismo y su morada inquieta, empuño mi sangre y me dispongo a marcharme a otro regazo inexistente. Asumo mi erial. Si. Flor que toco se deshoja, y el mal sembrado recojo.
Y mientras dormía comprendí que incluso así es mejor; un manojo de sentir como yo necesita de que vivir, necesita algo de conmoción, algo de ilusión, algo que lo nutra aunque sea un rato; darle sazón a la monotonía del odiar, -que es tan común- y de vez en cuando aventurarse en la mar del amar, que es tan extensa. ¿Quien lo haría sino yo?

Y no hay excusa querido amigo… sino que ahogues con fuego ese mar de amar, y proceda la muerte; es decir, la resignación que es un suicidio cotidiano. C’est fini.

Tanto buscas, tanto quieres llenar el vacío.

El vacío nunca se llenará.

Ni con alcohol.
Ni con cigarrillos.
Ni con música.
Ni con mujeres.
Ni con juegos.
Ni con libros.
Ni con amigos.
Ni con dinero.
Ni con diversión.
Ni con deporte.
Ni con la muerte.

Sólo hay uno capaz de llenar el vacío, pero parece que te has olvidado de Él…

¡Que me llene de fuerza tu espíritu de gloria,
y me saque adelante tu amor infinito!

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