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Que confuso, angustiante y decepcionante es a veces reflexionar acerca de la fugacidad y fragilidad de lo que nos rodea.
A lo largo de la historia el ser humano ha luchado contra la muerte, su destino, los problemas que lo rodean a lo largo de su vida y sus propios sentimientos, y naturalmente, es algo que nos afecta a todos como individuos a lo largo de la vida. Desde tiempos inmemoriables se ha escrito al respecto, se ha dejado testimonio de distintas formas, lenguajes y maneras en cada tribu, civilización o nación, ya sea mediante sus chamanes, curanderos, escribas, o grandes pensadores, pero al final siempre se llega al mismo punto, el ser humano es frágil, vulnerable y comprometido totalmente con sus propios sentimientos respecto a su realidad, y sobre todo frente al porvenir.
He aquí el punto importante al respecto, el hombre debe lidiar con un futuro totalmente inexplorado e inquietante, no sabemos que pasará el día de mañana, ni siquiera si estaremos vivos, y frente a esto el miedo naturalmente nos invade si estamos lo suficientemente conscientes al respecto, es lo más sensato. Algunos recurren a la religión, otros a una vida desenfrenada y fugaz, otros más drásticos al suicidio, pero de todas formas es indiscutible la muerte, la única certeza que nos acompaña desde el momento de nacer hasta que llega la hora final, pero también en cierto punto la vida del hombre recibe ciertas luces o pistas sobre como debe comportarse o quizás cambiar de rumbo. Esto me recuerda mucho a ciertas palabras de Hernán Rivera Letelier (escritor chileno) sobre el actual presidente de la república de Chile Sebastián Piñera, quien frente a las múltiples circunstancias acontecidas en tal país, no reacciona de forma adecuada y sensata en cuanto a tratarse del máximo mandatario nacional, ya que esperaríamos respuestas inmediatas y en favor de las mayorías disconformes, (aquí el artículo al respecto si es que logran relacionarlo con las ideas anteriormente expuestas tal como lo hice yo: http://www.cooperativa.cl/hernan-rivera-letelier-compara-al-presidente-pinera-con-el-huaso-contreras-/prontus_nots/2011-08-29/131109.html ).
¿Acaso no nos pasa esto a todos en algún momento de nuestras vidas? Pistas, señales de que debemos cambiar el enfoque de nuestra perspectiva, tal como me lo enseñara mi maestro de literatura, don Luis Elmes Araya, profesor del Instituto Nacional Gral. José Miguel Carrera, perspectivismo; alejarse de la inmensidad de las cosas que se nos presentan para poder asumir de manera crítica y racional una solución posible, que considere aquellas cosas que a veces se nos escapan de la vista. Perspectivismo, a veces un paso elemental para aprovechar lo que podría ser nuestra última oportunidad antes de marchar a otra vida, si es que estamos de acuerdo en que la hay.
Una mirada, y ella entendía. Una mirada, y caminabamos al dormitorio, y las ropas caían. Nuestros cuerpos se fundían como metales incandescentes, las sábanas se incendiaban, y el sudor en nuestras frentes se evaporaba en forma inmediata. Esta era la única eternidad conocida, el momento infinito de su alma y la mía danzando hasta después del sexo. Su cabeza en mi pecho y el sueño, las caricias de brisa de mar, su respiración y mi aliento contiguos. Nada más importaba en ese momento infinito, nada.
…And all the others did exactly the same. All of they were dancing, laughing, talking about anything, or just enjoying the reunion. But of course, there was one stranger in that crowd. Some particular guy that doesn’t fit in that common bunch of people. Yes, that was me. I didn’t sleep that night, because inside of me was a huge storm, an implacable storm that I couldn’t calm.
Awoke at dawn to calm the storm inside of me…
Apelo a todos los santos, al juez; supremo creador, a que me libren de este infierno. Mis carnes mortales no son capaces de contener ya las tormentas de mi ser, y el abismo de mi pecho consume las más pequeñas alegrías porque lo único que quiero tener pareciera que jamás lo tendré.
Me he rendido; al final del viaje me he rendido. Cual Quijote en su lecho, despierto de mi sueño de locura pero agonizante. Dulcinea vestida de luto a mi lado, indiferente. Rocinante en el patio al fin pastando algo decente. “Se ha acabado”, digo con un tono lastimero, ya todos están alrededor, y mi mente vacila en dudas, ¿he despertado o me he dormido junto con el mundo?, ¿habrá servido mi cruzada, o habrá sido digna de risas?. Ya nada importa, he muerto, pero no por falta de fuerzas, sino porque esta noche ha muerto mi esperanza. No hay oxígeno, no hay aliento de vida. No hay latidos, porque el amor me ha abandonado. Thanatos ha llegado.
Fuiste la última opción real de salvarme de mi mismo. Aposté, y perdí, arriesgué y quedé con las manos vacías. Aunque si pudiera retroceder todo atrás, creo que haría lo mismo, aunque no lo quisiera, claramente. Suena una canción, la televisión y sus luces, el perro que ladra hacia la calle, yo aquí desdichado en París, desdichado en Londres, desdichado en mi Santiago de mis amores, en mi Valparaíso de mis amores. Tengo tormentas increíbles acechando la calma de mi alma, tengo amores infinitos brotando de las llemas de mis dedos, tengo el pelo hecho un desastre. Tengo una barba roñosa y poco saludable, tengo el torso desnudo, tengo las emociones esparcidas como cenizas, y tengo tus fotos. Afuera el Sol se dignó a salir, y creo que eras la última opción real de salvarme de mi mismo. Creo también, que la culpa y tu tienen una estrecha relación suicida. Quiero que te quedes conmigo no importa el cómo, pero más que eso quiero que te quedes con la felicidad de un mal amante, de alguien tosco e insensible que te haga realmente relucir de alegría en una belleza sagrada a mis ojos. Quiero que no te preocupes de mis muertes apresuradas a los veintisiete años, o a los treinta y cuatro, o a los veinte. Quiero que haga calor, y poder seguir bebiendo este vaso de leche hasta tomar tu mano nuevamente. Estoy conmovido, y estoy dolido; porque aún tengo esta maldita esperanza que me abraza y me consuela, y por otro lado, tengo la pordiosera musa del despecho, tratando de convencerme de tomar el camino fácil. “Resígnate” susurra, y susurra el viento, como las sinfonías de mi tocadiscos. Mi máquina de escribir me acompaña más fiel que nunca, y mi perro también. Me siento solo, pero no porque lo esté realmente, sino que porque me siento desgraciado, siento que tuve el cielo en mis manos y alguien me lo arrebató sin explicar nada, eso es lo peor que podría haber pasado. Escribí que ese día fue el mejor de mi vida, y cuando escribo nunca miento, por eso me gusta escribir. Creo que son las una y media de la tarde, y aún no hago la cama. Ayer me dí cuenta que tu mejor amiga se llama igual que mi mejor amigo, y me dió risa. Luego fui por algo de comida, y terminé almorzando a las cinco y media de la tarde. Salí, y al volver estabas, pero me duele como me evitas. Otros días habíamos hablado durante horas, y ahora todo es tan diferente, que siento asco de mi; trato de culparme por lo más mínimo, porque me siento responsable de haber hecho las cosas mal, por mucho que haya hecho todo bien, creo que lo hice todo mal. A veces pienso que eras la última opción que tenía de enderezarme, porque estaba dispuesto a todo, superé muchas fronteras de mí mismo, y creo que es admirable. Me siento más grande, pero también empequeñecido ante la vida y ante el destino. Creo que exagero un montón, pero tú también exageras un montón; en eso nos parecemos. Te gustan los perros, y a mi también. Tienes clase; y yo creo tenerla cuando estoy lúcido. Es segunda noche que sueño contigo, que te acaricio la pancita, no sé que quiere decir; pero cuando despierto siento que he muerto, porque en el sueño estoy vivo, y cuando se acaba, se acaba esa vida. Creo que no tengo nada más que decir, pero no diré adiós, porque tengo una vana esperanza de que algún día las cosas se forjarán como deben, y tendremos algo fuerte y durable como la porcelana, algo de que estar orgullosos. Y si no lo estamos, no importa, porque estaré bebido y ni siquiera podré hilar dos pensamientos. Justicia, justicia, justicia para los hombres de buena voluntad.
En momentos como éste me gustaria largarme de esta maldita ciudad. Perderme en algún bar de Sunset Strip, emborracharme hasta perder lo poco que me va quedando, y luego largarme. Todo se ha vuelto un maldito infierno desde que Julia se fue con el condenado gerente que la sedujo en su trabajo; claro, la muy puta no podía resistirse al fajo de dólares que él le ofreció a cambio de que se fuera a vivir con él a Los Ángeles. Esto me ha cabreado mucho, como nunca. Siempre disfruté de las mujeres, de un buen polvo, despertar por las mañanas y no sentirme tan abandonado como de costumbre; siempre me sentí solo, pero con ellas era algo distinto, sentía que todavía quedaba alguna maldita cosa por seguir viviendo. Julia fue el súmmum de lo idílico, la conocí cuando trabajé de vendedor en un minimarket, y sabía que era cosa seria, sus ojos lanzaban llamas en cada mirada, y su caminar era digno de una mujer con clase. Saltaba a la vista que era un ser pensante. Nunca había estado con una mujer así, y cuando la invité a tomar un trago quedó asombrada de lo charlatán que podía ser un vendedor de minimarket; no quedó tan asombrada cuando le dije que mi mayor delirio estaba en escribir, se dió cuenta tal vez de que no era el tipo de cretino que va por la vida divirtiendose asi porque sí, sino que había algo, un maldito motivo para que viviera la vida como un borracho, como un hombre que solo le importa tener el dinero suficiente en el bolsillo para poder alquilar una habitación, comer algo, y lavar las dos camisas que tengo. Julia era distinta, y todo fue distinto cuando se marchó. Confié en ella, en que podría lograr algo bueno entre la putrefacción que me rodea a diario. Quedaba una chispa de esperanza en esta raza carroñera llamada humanidad, sentí que Julia podía valer la pena para hacer de cada mañana un nuevo intento por recuperar fuerzas, le dí la única mierda que aún tenía, el pedazo de corazón que me quedaba y lo botó al cesto de la basura. Ahora estoy sentado en mi escritorio, con una botella de whiskey barato, mis cigarrillos , y mis hojas amarillas donde puedo descargarme un condenado momento. El revolver está al lado mío, aunque reconozco que el azar no es mi estilo de muerte; y si muriera, poco me importaría. Quizás le haría un bien a la sociedad de mierda. Al fin y al cabo nadie necesita más escritores, más desquiciados que intenten pensar en alguna puta manera de mejorar el mundo. Nadie necesita más cobardes con lápices y blocks.
Era una tarde como cualquiera, quizás no tanto. Me llamó y la fui a buscar a su facultad. Iba tenso. Rojo quizás. El vaivén del transantiago sólo aumentaba mis nervios. La llevé a un café del paseo Huérfanos. Sus ojos, clavados en los míos, y mis latidos acelerados aumentaban el suspenso. Callaba el amor que sentía; ella lo sabía. Dejó su taza en la mesa y temblorosa pronunció: “No quiero darte falsas esperanzas…” El capuccino que bebía se hizo amargo. Llovía. La lluvia de Santiago corría por mis mejillas. Ella no me quería.
A menudo tenía días como el de hoy. Sin ganas de mucho, y con ganas de todo a la vez. Existía quizás una pared inmensa entre mi espíritu y mis anhelos, algún obstáculo, algo… pero nunca logré descifrarlo.
En días como estos, preparaba mi bolso, cogía algo de comida y de dinero, y partía a caminar por la ciudad, escabulléndome entre el mar de personas, entre los rostros de miles de muertos que cargaban a sus muertos, entre los deseos y sueños frustrados de otros tantos desgraciados como yo, pero que a diferencia de mi si tenían la fuerza suficiente para seguir con su esclavitud tan poco valorada.
Mis paseos terminaban al borde del mar. Allí recordaba cada segundo de mi insignificante vida y comprendía que quizás era muy duro conmigo mismo. Luego volvía a casa, y dormía, conciente de mi derrota en el mundo real, porque nunca tuve problemas para transitar por los mundos idílicos que me armaba mientras pensaba.
Otras veces, escribía cartas que nunca nadie leería. Todas con destinataria, y similares a este texto, algo confesionales, de baja calidad, y completamente egocéntricas. Destapaba mi fiel botella de perdición, y aspiraba del filtro terrible de mis pesares, al que a veces soy adicto. Me desvelaba.
Hoy no tengo ningún truco bajo la manga más que esto que lees tú, lector. Mis soledades me disputan, me disputa el recuerdo terrible de mi última novia, me disputan las típicas canciones de blues que escucharía, me disputa un atardecer ocioso, y otras tantas cosas… ¿Me disputas tu también? Me harías sentir orgulloso. Últimamente nadie se pelea a escritores holgazanes, mucho menos si su mal aspecto se nota a leguas. Últimamente nadie me pelea por una causa noble, porque mi alma… ¡Ay mi alma como es disputada!
Cuando comienzo a dudar de esto, simplemente salgo a dar una vuelta. Soy testigo de miserias y alegrías, de sueños caminantes, de sueños muertos. De tanto soy testigo, y otro tanto querida, otro tanto soy protagonista de mis historias.
Y cuando siento el dolor taladreando por alguna escena estremecedora de mi pasado, comprendo que en mi humanidad eres todo lo que anhelo; comprendo que en mi nocturnidad y en mis pasajes lunares te pertenezco tan absurdamente… que despejo mi duda razonable, pero cuando hago esto, ¡ay de mi cuando hago esto, querida!, ¡Porque muero!


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