Podría no estar despierto

Las acacias se mecían como siempre, al compás de profundas risas de los niños del parque. No sabía que hacía ahí yo, que jamás disfrute del colectivo de las personas, la masa. Sólo me vi de repente en medio del tumulto de desconocidos que corrían persiguiendo un balón. No les dije nada, y tampoco atinaron a decirme algo. Una mirada fría y despreciable les pareció intimidar, mas aún asi seguían con su asunto.
Sin más ni más, me dirijí a mi hogar; donde pensé que podría recostarme un rato, a leer algún libro de Kafka, o de Unamuno.
Mi sorpresa fue ver la cantidad de autos aparcados en la calle, como si una reunión extraordinaria hubiese, como si algún famoso hubiese. Sólo entré y los observé a todos. Vestían de negro, formales, y algunos con gafas. Las mujeres llorando y los niños molestando a sus madres en el aburrimiento en que estaban sumidos.
Al centro de esta imagen, un rectángulo negro, en forma de cajón. Un féretro. “Pero en mi casa?” – pensé.
Y vi el rostro de mi muerte reposar en el vidrio del cajón.
Luego mis ojos cerrados estaban, mientras oia a la gente llorando, nada entendía.
No tenía fuerzas para moverme.
En la infancia se me dijo que podría sufrir catalepsia.
Abrí los ojos nuevamente, esta vez en mi cama rodeado de sangre y con un fuerte dolor de cabeza.

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