Ciento setenta y uno

Nacer.

Que increíble este mundo,
tan vivo, tan ruidoso.
Que hermoso.

Pasear por las verdes arboledas,
jugar en aquel balancín de madera,
Me gusta.

Esa niña de pelo rojo,
es linda, me da cosa.
Le hablaré.

¿Porqué?
Está bien, es mejor jugar.

Es mejor crecer;
la amistad.
La juventud, “divino tesoro”.

¿Si?

Pues me quedo sin voz.
Sin lágrimas.
Sin fuerzas.
¿Tesoro…?

¿Quien determina el destino?
No creo en astros, ni poderes,
y Dios no intercede por mi.
Un barco naufragando tímido.
Conciencia…

Las múltiples líneas de esos libros,
las colillas tiradas, el café derramado.
Alguna vez fui amado.
Y hoy escribo estos versos inmaduros,
mediocres; como si encontrara algo en ellos.
No entiendo.

No soy yo,
lo he dicho muchas veces.
El espejo susurro otro rostro con sus manos,
“No eres tú a quien busco”
“Adiós”

Amé, Amo, Amaré
Odio, Odié, Odiaba.
Pero me calmé.

Heladas brisas del cielo gris,
de las nubes negras que no quieren irse.
Metáforas, estupideces…

A veces es mejor.

Morir.

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