De Noche…

Estaba lejos de casa. Y como no pasaba desde hace un tiempo, podía mirar la ciudad desde lo alto. Estaba con unos amigos, pero en el fondo sabía que durante ese instante, quería contemplar la Luna solo con ella, aunque era imposible.

El viento helado acariciaba suavemente mi rostro, y apretaba firmemente el cigarrillo en mi mano entumida, congelada. Recordé mil aventuras en un segundo… Recordé que no podía estar con ese cigarrillo, pero siempre hay cigarrillos en mis historias. Miré hacia arriba nuevamente, y en mi expedición mental, fui feliz como en los buenos finales.

Miré hacia arriba, y ahí estaba ella, menguante; pero en el fondo era otra a la que miraba. Recordé varios nombres que en ese momento podrían haberme sacado de tal soledad feliz, pero no quería a ninguna otra. Subí el cuello de mi abrigo, y luego de mi bolsillo tomé el teléfono y me atreví a llamarla, con algo de insolencia y sin respuesta. No quería insistir, pero si quise ser ojos para ella en ese momento; la luz amarilla nocturna abarcaba mi pecho, y lo llenaba, excepto por su todo, que era su ausencia. Me despiertan. “Entremos, que hace mucho frío”, y “voy enseguida”.

No sé si volví a llamarla. Dormí con el teléfono en la mano, mirando por la ventana aquel paisaje tan familiar y original de esa noche. “Quizás no estaba tan equivocado, aunque de todos modos, estaba lejos de ti”.

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