Café para dos

Era una tarde como cualquiera, quizás no tanto. Me llamó y la fui a buscar a su facultad. Iba tenso. Rojo quizás. El vaivén del transantiago sólo aumentaba mis nervios. La llevé a un café del paseo Huérfanos. Sus ojos, clavados en los míos, y mis latidos acelerados aumentaban el suspenso. Callaba el amor que sentía; ella lo sabía. Dejó su taza en la mesa y temblorosa pronunció: “No quiero darte falsas esperanzas…” El capuccino que bebía se hizo amargo. Llovía. La lluvia de Santiago corría por mis mejillas. Ella no me quería.

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