Rick Jonnes

En momentos como éste me gustaria largarme de esta maldita ciudad. Perderme en algún bar de Sunset Strip, emborracharme hasta perder lo poco que me va quedando, y luego largarme. Todo se ha vuelto un maldito infierno desde que Julia se fue con el condenado gerente que la sedujo en su trabajo; claro, la muy puta no podía resistirse al fajo de dólares que él le ofreció a cambio de que se fuera a vivir con él a Los Ángeles. Esto me ha cabreado mucho, como nunca. Siempre disfruté de las mujeres, de un buen polvo, despertar por las mañanas y no sentirme tan abandonado como de costumbre; siempre me sentí solo, pero con ellas era algo distinto, sentía que todavía quedaba alguna maldita cosa por seguir viviendo. Julia fue el súmmum de lo idílico, la conocí cuando trabajé de vendedor en un minimarket, y sabía que era cosa seria, sus ojos lanzaban llamas en cada mirada, y su caminar era digno de una mujer con clase. Saltaba a la vista que era un ser pensante. Nunca había estado con una mujer así, y cuando la invité a tomar un trago quedó asombrada de lo charlatán que podía ser un vendedor de minimarket; no quedó tan asombrada cuando le dije que mi mayor delirio estaba en escribir, se dió cuenta tal vez de que no era el tipo de cretino que va por la vida divirtiendose asi porque sí, sino que había algo, un maldito motivo para que viviera la vida como un borracho, como un hombre que solo le importa tener el dinero suficiente en el bolsillo para poder alquilar una habitación, comer algo, y lavar las dos camisas que tengo.  Julia era distinta, y todo fue distinto cuando se marchó. Confié en ella, en que podría lograr algo bueno entre la putrefacción que me rodea a diario. Quedaba una chispa de esperanza en esta raza carroñera llamada humanidad, sentí que Julia podía valer la pena para hacer de cada mañana un nuevo intento por recuperar fuerzas, le dí la única mierda que aún tenía, el pedazo de corazón que me quedaba y lo botó al cesto de la basura. Ahora estoy sentado en mi escritorio, con una botella de whiskey barato, mis cigarrillos , y mis hojas amarillas donde puedo descargarme un condenado momento. El revolver está al lado mío, aunque reconozco que el azar no es mi estilo de muerte; y si muriera, poco me importaría. Quizás le haría un bien a la sociedad de mierda. Al fin y al cabo nadie necesita más escritores, más desquiciados que intenten pensar en alguna puta manera de mejorar el mundo. Nadie necesita más cobardes con lápices y blocks.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: