Alarido

Las madrugadas infelices no son lo mío,
ni menos pelearse con las esperanzas,
o mandarlo todo al carajo,
pero no puedo negar que a veces
no queda más que lanzar una blasfemia
con ganas, del alma,
un alarido bárbaro,
como si fueras a ahuyentar un espíritu oxidado
porque
sin saberlo
podemos atravesar a otros tantos vagabundos
que aún no se dan cuenta
que a veces solo hace falta lanzar un alarido
entre la multitud
entre podredumbres
para despertarse uno mismo
curarse el espanto
y seguir;
como si no hubieran más madrugadas infelices
ni esperanzas caprichosas que vienen y se van
y nos dejan en pelota.
Carajo.
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