Réquiem para la última esperanza ante mi propia muerte

La voz no encontró lugar
sino en los tambores,
arpas,
y violines.

El mundo se encogía más y más
el sueño se escondía en pantanos inmensos de murmullos
y la neblina fatal avanzaba densa, inminente,
mientras las nubes deshacían mi última esperanza
lanzándome directo a mi sepulcro
donde de rodillas intentaba hacer
mi última oración.

Ya nada existe, y a nadie recuerdo;
la tierra va tapando todo rasgo vital
quedaron extintas las virtudes de otro tiempo
solo quedó el sentimiento implacable
de la falta de prótesis para un
espíritu totalmente quebrantado,
insuficiente para aplacar el final

Las manos desnudas pidieron pan,
y les llegó carbón encendido,
y la gente olvidó pronto a su única esperanza en el mundo;
existía una única forma de tornar en oro el barro,
pero todos lo olvidaron.

La melodía fúnebre fulminó todo aliento, y partió,
partí.
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