Agosto era veintiuno

Cuando di otra pitada al cigarrillo
y miré al horizonte
mientras cruzaban mi mente tantos temores.

Miré mi mano trémola que secaba un par de lágrimas;
eran de tinta y con ellas escribí
que no creo en el primer verdor del año
ni en el segundo
ni en el tercero
porque pronto no habrá un pulso
que sostenga este bolígrafo negro
descriptor de destrucciones
cuando los pajaritos del alba
que aún ensayaban el coro de tu bienvenida
se cansen de cantar por última vez
y solo quede el silencio de medianoche,
mi más fiel compañero. 

 

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