Carta al director

   Aprendí a dejar ir. Que el karma, no existe, ni ninguna de esas teorías de autoconsuelo frente a lo malo. Aprendí que la vida es justa; no discrimina ni guarda reparos en destruir algo o a alguien, tanto así que puede ser gratuitamente. Y yo? Estoy cansado, no me siento ni con ganas de cobrar un par de venganzas. No hay estrellas sobre mí, no hay nada. Si mañana pierdo “todo” no será sorpresa alguna, porque estamos desnudos sobre las tablas ante un público despiadado. Estoy cansado, sí, cansado de guardar cierta esperanza de que algo realmente cambiará para bien. La vida es un viaje derrumbado hacia compadecerse cada vez más de uno mismo con el paso de los años. Se pierde la fuerza, se pierden las ganas, se pierde el sueño y los sueños, y eso es lo correcto. Este mundo es un manicomio enorme, lleno de histéricas, esquizofrénicos, oligofrénicos, autistas, y uno que otro cuerdo que es bestialmente castigado por todos. Así es, tener la osadía de demostrar cordura y coraje es un paso hacia el suicidio, una muestra de odio hacia sí mismo, ya que es segura la represión que vendrá. Sí, esto es un circo de lo absurdo, adornado de cosas bellas que muy a lo lejos se encuentran tiradas en el piso. Siento náuseas de todo, pero quisiera vomitar al menos unas cuantas quejas respecto a esto, y que ojalá las lea el fabricante de todas estas atrocidades. Señor, estoy molesto con el responsable del mundo.

Atte.
Una hormiga.

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