Pero dudé (por fortuna), y con corazonadas totalmente opuestas vibrando cada una a su propio ritmo . Solo pensaba en una frase, totalmente absurda y fuera de contexto: “¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!”. Y mi cabeza se apagó nuevamente, mientras escuchaba los zumbidos del metro, un perro se subía a la micro  para bajar dos semáforos más allá, y el grupo de alcohólicos no-anónimos de mis vecinos me saludaban mientras abría nerviosamente la puerta. Me esperaba un reto con menor sentido todavía, y se dibujó una sonrisa de lo más estúpida en mi cara mientras recibía el reto. Asi que eché a reir a carcajadas. Mi hermano sentado en el comedor, cómplice de la risa, me miraba de reojo para contagiarme aún más mientras escalaban mis nervios. “¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!” pienso de nuevo, y con cierta vergüenza, comprendí cómo es que suelo echar a perder las cosas.

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