Jaula

El dolor de la pérdida
de ese veintisiete de Noviembre
me arrancó el sueño.

No he vuelto a dormir desde entonces
mucho menos soñar.

El insomnio es la marca
que dejó tu pérdida,
que llegó al centro
de mi ser
atravesó mi alma
una y otra vez;
y las cosas cuando llegan a los centros
no hay quien las arranque.

Voy de pesadilla en pesadilla
lamentándome
tal como me lamenté,
en tu cuarto,
llorando impotencia,
de rodillas ante Dios
pero sobre todo
ante ti

Mi corazón lleno de sangre entre mis manos
y tu tan presente y tan ausente

Ese mismo que te amó como se ama
lo más sagrado
es el mismo que no duerme
porque araña tu nombre
en mi piel
en todas mis lágrimas de madrugada
y dispara recuerdo
tras recuerdo
tras recuerdo
de cuando creía tanto en la vida
que aún quería vivirla
y no abandonarla ahora
con tanta,
tanta desesperación.

Don

Cierras los párpados,
pesados como juicios,
y te salvas
cuando lo último que necesitabas
era reservar del mundo
ese rincón tranquilo
y salvarte
con gracia,
del don por excelencia.

Muchos pierden de vista oro sólido en su obsesión por perseguir figuras de barro.

En la oscuridad de la tarde, en medio de la meditación crónica de una mentalidad ocupada por el todo, llegó a mi en forma de un relámpago azul. Comprendí que, quizás en mi cobardía, lo eludí con gracia y cierta astucia. En mi juventud, fui instruído en la competición salvaje (aunque realista). Prefiero ignorar los sentimientos oscuros como regla general, no obstante, no ha dado frutos de manera concreta. La competición era la naturaleza de cualquiera con el don cruel de poder triunfar con soltura. Llegó a mi en forma de luces carmesí que iluminaban mi rostro. Comprendí que no estaba destinado a las victorias cotidianas de las que me deleité con inocencia. La naturaleza predadora y vampírica parecía un camino desolador, “Wasteland” viene a mi memoria casi de inmediato. Con aceptación, me repito: “El temor a competir es en realidad la convicción de no aceptar ninguna derrota bajo ninguna cirscuntancia”. Mis pupilas, se vuelven amarillas, y no sonrío en absoluto.

Pero dudé (por fortuna), y con corazonadas totalmente opuestas vibrando cada una a su propio ritmo . Solo pensaba en una frase, totalmente absurda y fuera de contexto: “¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!”. Y mi cabeza se apagó nuevamente, mientras escuchaba los zumbidos del metro, un perro se subía a la micro  para bajar dos semáforos más allá, y el grupo de alcohólicos no-anónimos de mis vecinos me saludaban mientras abría nerviosamente la puerta. Me esperaba un reto con menor sentido todavía, y se dibujó una sonrisa de lo más estúpida en mi cara mientras recibía el reto. Asi que eché a reir a carcajadas. Mi hermano sentado en el comedor, cómplice de la risa, me miraba de reojo para contagiarme aún más mientras escalaban mis nervios. “¡Cuando las cosas llegan a los centros, no hay quien las arranque!” pienso de nuevo, y con cierta vergüenza, comprendí cómo es que suelo echar a perder las cosas.

Desperté tarde, como de costumbre. Nunca habituado al binomio diario de la gente común, bajo al baño y me miro al espejo. Pienso: “Podría ser peor”, y sonrío. No vivo preparado en absoluto para enfrentarme al infortunio que depara el destino en cualquiera de sus formas. Sonrío nuevamente, con cierta ironía. El desayuno es improvisado otra vez. La bebida otorga la cafeína que me echa a andar, y el primer cigarrillo es cuando despierto realmente. Mis pantalones oscuros y mis zapatos son un mantra que se repite a diario, y la camisa lila sigue siendo la mejor opción para impresionar (o creer ingenuamente que podría impresionar a alguien con mi gusto al combinar). La ciudad es un poema que me gusta releer acompañado de mis pensamientos nostálgicos, mi amor desparramado en recuerdos y mi cajetilla que ya va a la mitad. Mis gafas oscuras son en gran parte para ocultar mis ojeras crónicas y mi mirada triste, que con desesperanza impresa, me dejan descubierto frente a los espectadores, que sin embargo, no se detendrían a mirar con atención. Mi barba está hecha un caos, pero es casi un acto rebelde aquel descuido. La ciudad es un poema que pocos saben leer. A veces vuelvo a la adolescencia en paseos diurnos silenciosos donde puedo reconocerme sonriendo de manera más amable. Y hoy, como pocas veces, camino con nerviosismo esperando un encuentro idealizado que me aterrice de nuevo a la realidad; soy el hombre de a pie que no echa pie atrás.

Magnetismo

No poder
ni querer
ignorar
tu atracción.

Escucho tu nombre
como truenos
quebrando el silencio absoluto
retumbando

Con ritmo de caos
vuelve como un eco
insoportable
en el vaivén de la memoria insistente

.

Jaula, Jaula, Jaula.

La inutilidad frente a la vida de un inválido mental
solo aviva el fuego de una venganza premeditada.

La frustración de la pobreza de quien no puede sustentarse
solo enciende aún más la rabia y la determinación
de cobrar a quien sea lo que se debe y lo que se merece.

Teme al hombre que no tiene nada que perder

Teme, junta miedo, tú
que conociste los placeres y lujos
que para el pobre están prohibidos
dueños, jefes, empresarios, banqueros
no discrimino, teman, y teman de nuevo

Vengo del frío y de la hambruna
vengo de la familia ausente
vengo de los dolores de la injusticia
de las jornadas laborales eternas
de las juventudes perdidas
de las madres solteras
vengo de la delincuencia y del narcotráfico
vengo de la escoria del mundo que nos creaste
vengo de la rabia
vengo de la sangre que corre por la cuneta

Perdí el miedo, porque lo perdí todo
cuando me lo quitaron todo
junto con el miedo

Aprendí que el juego de izquierdas y derechas
es eso, una farsa
por la que los poderosos siguen en sus tronos
como buitres comiendo carroña
de las carnes de quienes entregan su vida
45 horas a la semana
porque hay que llevar el pan a la mesa
y hay bocas que alimentar

Pero el trabajo me dignificó
porque entendí que así me esclavizaban
asi que lo dejé y escupí a los jefes,
me enmascaré
pinté mi cara y cubrí mi cabeza,
escogí el arma más poderosa de todas
y recorrí la ciudad
buscando a los culpables
y partí cráneos
apuñalé directo en el corazón
tomé de vuelta lo que me habían robado
y sonreí
y no tuve miedo
ni me tembló la mano

Teme, teme al hombre que no tiene nada que perder
ustedes que nos querían sumisos
teman la barbarie que engendran a diario
en el hombre de a pie que ya no quiere vivir de rodillas.

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